La gente elige preguntando qué idioma es más útil, y lo deja en el cuarto mes. La utilidad te pone en marcha y casi nunca te lleva por el tramo medio, donde el trabajo deja de ser divertido y todavía queda mucho.
Elige el que seguirás queriendo dentro de un año
El mejor indicador de éxito no es la aptitud ni la dificultad. Es si tienes un motivo real para seguir: gente con la que hablarás, un sitio al que vas, un trabajo, algo que quieres leer o ver sin traducir. Un idioma difícil con un motivo de verdad gana a uno fácil con un motivo vago, siempre.
La dificultad es real pero secundaria
Algunos idiomas cuestan dos o tres veces más horas a un hablante del tuyo, por el sistema de escritura, la gramática o la distancia con lo que ya conoces. Es un coste real y conviene saberlo. Importa menos que la motivación porque esas horas solo se gastan si sigues apareciendo. Usa la dificultad para calibrar tus expectativas, no para elegir.
Pruébalo dos semanas antes de comprometerte
Dedica diez minutos al día durante quince días a una lista corta de dos candidatos. Aprende a presentarte, a contar y a decir un par de cosas sobre tu día. Descubrirás bastante rápido en cuál te gusta estar. Esa sensación predice más que cualquier argumento sobre número de hablantes en el mundo.
Los desempates prácticos
Disponibilidad de material, si puedes encontrar con quién hablar, y si lo vas a oír en tu vida diaria. Un idioma que puedes practicar sin organizar nada es mucho más fácil de mantener. Si dos opciones están igualadas, elige la que ya tienes alrededor.
Elige el idioma que te alegrará seguir aprendiendo dentro de doce meses. Cualquier otro criterio es zanjar una discusión que la motivación va a decidir igualmente.