Quien aprende por su cuenta tiene el problema contrario al del aula: nadie le dice nunca qué está mal. El riesgo no es cometer errores. Es repetir los mismos durante dos años hasta que se vuelven permanentes.
Grábate y luego escúchate como crítico
Habla dos minutos y después escúchate con un bolígrafo en la mano. Cazarás cosas que jamás notarías mientras las produces, porque hablar y vigilarte compiten por la misma atención. No intentes arreglar todo lo que oigas. Apunta los dos errores que se repiten e ignora el resto de la lista por completo.
Compara tu frase con una real
Coge algo que hayas dicho y busca cómo lo dice de verdad un nativo: en un subtítulo, en un libro, buscando la frase entre comillas. La diferencia entre tu versión y la suya es tu corrección. Funciona mejor con frases enteras. Una palabra suelta rara vez revela el error; la combinación sí.
Persigue los errores que cambian el significado
Merece la pena arreglar: un orden de palabras que confunde quién hizo qué, errores de tiempo verbal que mueven un hecho al momento equivocado, una preposición que invierte una relación. Todavía no merece la pena: el género de un sustantivo que el contexto deja claro, un artículo que falta, un adjetivo algo raro pero comprensible. Eso se corrige solo con exposición y mientras tanto no cuesta nada.
Ten una lista de cinco, no de cincuenta
Una lista corta se mira. Escribe tus cinco errores actuales donde vayas a verlos y vigila solo esos durante quince días. Cuando uno deje de aparecer, sustitúyelo. Cinco a la vez es lento y es la única versión que la gente termina de verdad.
No puedes corregir lo que nunca oyes. Grábate, compara con lengua real y arregla los pocos errores que de verdad te cuestan significado.