Un intercambio de idiomas son dos personas ayudándose, lo que suena sencillo y se desmorona por motivos predecibles. Casi todos fallan de las mismas tres maneras, y las tres se pueden arreglar antes de empezar.
Reparte el tiempo con un cronómetro, no con buena voluntad
Sin un reparto estricto, el intercambio deriva hacia el idioma que a los dos os resulta más fácil. Suele ser el inglés, y la otra persona acaba recibiendo una clase gratis. Treinta minutos cada uno, con alarma. Cambia a mitad de frase si hace falta. La justicia que depende de que nadie se dé cuenta rara vez aguanta un mes.
Lleva algo de qué hablar
La conversación abierta entre dos casi desconocidos muere a los diez minutos. Decide el tema de antemano: una noticia, una foto cada uno, una pregunta que respondáis los dos. Los temas preparados además te dejan buscar el vocabulario antes, lo que significa que pasas la sesión hablando y no buscando.
Acordad cómo funcionan las correcciones
Corregir cada error detiene la conversación; no corregir nada desaprovecha la ventaja de tener un nativo delante. Poned una regla: anotar los errores en silencio y dar tres al final de cada mitad. Pide las tres cosas que más dificultaron entenderte. Eso es mucho más útil que una lista de todo lo que técnicamente estaba mal.
Quedad con regularidad o no quedéis
Un intercambio que ocurre cuando a los dos les apetece ocurre dos veces. Métedlo en el calendario semanalmente, a la misma hora, y tratadlo como una cita. Acepta también que casi todas las parejas se apagan a los dos meses y que eso es normal. Ten otra en cartera en vez de vivir el final de la primera como un fracaso.
Cronómetro, tema, regla de corrección y hueco fijo. Con esas cuatro cosas un intercambio es la práctica oral más barata que existe; sin ellas es una charla agradable en tu propio idioma.