Casi nadie pierde su acento de adulto, y casi nadie necesita hacerlo. Lo que importa no es si suenas extranjero, sino si eres fácil de entender: son dos problemas distintos con dos soluciones distintas.
Acento e inteligibilidad no son lo mismo
Un acento marcado puede ser perfectamente claro. Uno leve puede costar trabajo si cae sobre los rasgos equivocados. A quien escucha no le molesta un timbre de vocal poco familiar; sí le cuesta cuando el acento tónico cae donde no toca o desaparece una sílaba. Así que la pregunta no es «¿sueno como un nativo?». Es «¿alguien tiene que pedirme que repita?».
Arregla las pocas cosas que llevan significado
Merece el esfuerzo: la sílaba tónica, el ritmo de la frase y cualquier par de sonidos que tu lengua no distinga y la otra sí. Eso provoca malentendidos reales. No lo merece: perseguir la versión perfecta de un sonido que ya se entiende. Ese esfuerzo te compra una mejora marginal en cuánto pareces nativo y absolutamente nada en hacerte entender.
Busca la señal en la confusión, no en la opinión
La señal útil es el momento en que alguien se queda en blanco o te devuelve tu palabra con un signo de interrogación. Apunta lo que acabas de decir: esa palabra va a tu lista. Preguntar «¿qué tal mi acento?» te da sobre todo cortesía. Pedir que te avisen cuando no han pillado una palabra te da datos.
El acento es un dato sobre dónde aprendiste a hablar, no un defecto. Aspira a que escucharte no cueste esfuerzo, y deja que el acento se quede.